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Como era de esperar, la propuesta de Raúl Castro obtuvo el 99.83 por ciento de los votos de la Asamblea Cubana, por lo que la lista única de Miguel Díaz-Canel tuvo casi la totalidad de los electores, o lo que es lo mismo, 603 de los 604 diputados presentes. A pesar de esta abrumadora victoria, por mucho que algunos pretendan inmortalizar las revoluciones, todo llega a su fin. No existe revolución ideológico-política que no haya sido superada en el tiempo.

El ser humano es limitado por definición y por tanto sus actos son limitados en el tiempo. Los acontecimientos extraordinarios pueden tener una trascendencia superior a la del causante, pero siempre limitada y más aún si tiene como precedente y motor la violencia. El comunismo/socialismo, como buenas utopías, han alimentado y alimentan la fantasía del paraíso en la Tierra, pero con un mismo resultado: violencia, caos y pobreza.

Resulta paradójico que las dictaduras abusen de los procesos democráticos para legitimar sus regímenes. Una votación electoral en países como Cuba, Venezuela, China o Corea del Norte, no hacen otra cosa que prostituir las palabras elección, votación, democracia o libertad. En el corto plazo seremos testigos de otra barrabasada de la dictadura venezolana, su votación nace con la reprobación de gran parte de la comunidad internacional y el anuncio de no reconocimiento de los resultados por parte de los vecinos de Venezuela, quienes exteriorizaron su rechazo en la Cumbre de las Américas, que tuvo lugar en Lima el pasado abril.

En la línea de su afán de protagonismo, el dictador venezolano, Nicolás Maduro, fue el primero en visitar al nuevo mandatario para trasladarle su apoyo y respaldo. Después de él tuvo lugar la visita del presidente boliviano, Evo Morales, quien realizó la defensa más acalorada en la Cumbre de las Américas hacia los regímenes comunistas que aún siguen desolando Iberoamérica. Apoyos que se enmarcan en la paranoia de las dictaduras comunistas, en donde el corporativismo adquiere un nuevo cáliz bajo el pretexto al miedo del imperialismo norteamericano. Verdaderamente, cuánto daño han hecho las superproducciones de Hollywood alimentando la paranoia de estos dictadores ideologizados.

Las debacles electorales que han derribado los primeros regímenes comunistas (Kirchner y Bachelet) han supuesto un toque de atención para los que todavía aún sobreviven. A nadie se le escapa que tanto la dictadura venezolana como la cubana guardan un estrecho vínculo que genera una dependencia tal que si uno cae daña al otro gravemente poniendo en tela de juicio su mantenimiento en un escenario internacional, que cada vez más trata de aumentar la presión internacional bajo la justificación de los continuos ataques a los Derechos Humanos más básicos sufridos por las poblaciones.

A pesar de la pantomima que ha supuesto el relevo en la dictadura cubana, hemos de hacer honor a la verdad y reconocer las leves variaciones que se han producido en el establishment cubano. A pesar de que únicamente se trate de cambios estéticos, al menos vamos a observar al primer dirigente cubano que no lleva vestimenta militar en 59 años. Cierto es que tampoco hemos tenido la oportunidad de visualizar a nada más que dos dirigentes en Cuba desde 1959, pero al menos, a pesar de no ser un militar, podemos afirmar también que no se trata de una persona de la misma familia que los anteriores.

No ha pasado desapercibido que el día seleccionado para el relevo presidencial haya sido el 19 de abril, conmemoración de la victoria de las tropas cubanas en Bahía de Cochinos, “la primera gran derrota del imperialismo en América”, como recuerda una y otra vez la propaganda cubana. Además, ha afirmado que Raúl Castro “encabezará las decisiones de mayor trascendencia para el presente y el futuro de la nación”.

Pero no nos engañemos, aunque el apellido Castro desaparezca de las firmas oficiales y sus rostros dejen de inundar la propaganda gubernamental, el poder real de Cuba seguirá recayendo sobre estos dos hermanos, que bajo la consigna de la perpetuidad del ideal, velarán porque el socialismo no deje de reprimir a un pueblo demacrado que hace no mucho gozó de una vida cargada de esperanza y prosperidad. Aunque también somos conscientes de que estos pasos suponen un halo de esperanza para los más de 2 millones de exiliados que huyeron para salvar sus vidas de una de las dictaduras más feroces y represivas de Iberoamérica.

Artículo publicado en la revista La Nación, órgano oficial del Partido Acción Nacional (PAN)

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