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El mundo cambia a pasos agigantados. Los conflictos militares tal y como los hemos estudiado en los libros de texto han dado paso a las guerras tecnológicas, hoy día ya no se sufren ataques con fuerzas de caballería o tropas de asalto, sino que se usan medios más sofisticados, como los ataques cibernéticos a infraestructuras cruciales para el desarrollo de un país. Ya no se bombardea por tierra, mar y aire, sino que se generan aranceles a materiales que son capaces de desestabilizar balanzas comerciales, como ha ocurrido en el reciente caso de los aranceles al hierro y al metal, provocando un grave daño a la competitividad de los productos de las empresas exportadoras.

Ya no se realizan movimientos de tropas para conquistar territorios, sino que se amenaza con el levantamiento de muros y la modificación de políticas migratorias en aras de restringir la libre entrada y salida de ciudadanos que buscan una vida mejor.

Del mismo modo, las relaciones geopolíticas han ido perdido peso en detrimento de las decisiones geoeconómicas. Las diferencias ideológicas que marcaban las divisiones entre las naciones a principios del siglo XX han dado paso a diferencias marcadas por intereses económicos. Comunismo, nazismo, y demás “ismos” han ido fracasando unos tras otro desde sus concepciones, únicamente tienen cabida en una serie de trasnochados que tratan de recuperar ideologías caducas y superadas por el ser humano. En la actualidad, las principales potencias del mundo buscan una posición que les permita dominar los principales recursos naturales.

A nivel macro, podemos afirmar que vivimos inmersos en una guerra velada por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y China. Ambas potencias están modificando sus preferencias históricas con respecto a Centro y Sudamérica, sobre la nación estadunidense únicamente hemos percibido su interés en construir el “muro de la vergüenza”, la revisión del TLCAN, los incentivos a su industria para que no inviertan en territorio que no sea el suyo y las continuas amenazas de deportaciones.

Señales de desentendimiento hacia sus vecinos del sur. Aunque haciendo honor a la verdad, únicamente hemos visualizado un interés real en Venezuela, en donde se ha mantenido una postura clara ante la sinrazón del dictador venezolano que tanto daño está haciendo a la región. Todo parece indicar que, poco a poco, Estados Unidos se va alejando de los países hermanos que forman un continente rico en materias primas y recursos naturales.

Los planes de la administración Trump son difíciles de pronosticar, lo mismo un día nos encontramos con un secretario de estado aperturista, que al día siguiente desayunamos con otro distinto con un enfoque más proteccionista. Pero al menos, podemos aventurarnos a afirmar que, a priori, parece desprenderse que poco a poco Estados Unidos se irá replegando y que su hueco lo ocupará rápidamente el inversor chino que viene reclamando su posición desde hace años.

El crecimiento de la economía china ha ido ralentizándose mostrando síntomas de agotamiento, pero aún así, gracias a su crecimiento medio de dos dígitos, los últimos años acumula reservas y capital como para crecer orgánica e inorgánicamente.

El principal problema que tienen las empresas chinas en la región reside en las diferencias culturales (idioma y comportamiento), lo que dificulta en ocasiones el entendimiento y la resolución positiva de los cometidos. Para solucionar este imprevisto, las empresas chinas se han decidido a sacar la billetera y adquirir aquellas empresas estratégicas de cara a su penetración en un mercado que entienden prioritario.

Su apuesta por la región es clara, según datos del Ministerio de Comercio Chino, entre 2005 y 2014, China llegó a conceder préstamos de hasta 119 mil millones de dólares en América Latina, tendencia que ha ido aumentando de forma estable. Esto ha sido confirmado por el hecho de que, en los próximos años, China se ha comprometido a invertir más de 50 mil millones de dólares en una serie de grandes proyectos, principalmente de infraestructuras.

Además, a finales del año pasado, el presidente chino, Xi Jinping, anunció que China se prepara para invertir 250 mil millones de dólares en la región en los próximos 10 años. A inicios de septiembre de 2015, el Banco Central de China anunció el establecimiento de un fondo de inversión de 10 mil millones para la cooperación bilateral con América Latina en áreas de alta tecnología, energía, minería y proyectos de infraestructura. Finalmente, se han comprometido con un préstamo que financia proyectos de infraestructuras China-ALC, con 20 mil millones y 5 mil adicional a la cooperación de China-LAC.

Todo cambio en las costumbres y usos suele entenderse como una crisis, que a su vez puede suponer una oportunidad. Y en este caso, gracias a la rapidez normativa de algunos países, se han desarrollado coberturas legales que facilitan la inversión de empresas extranjeras en proyectos de infraestructuras que no pueden ser financiados por lo gobiernos locales, buscando así romper la escandalosa brecha de infraestructuras que soportan algunos países de América Latina.

La realidad es que hoy día, pocos países y empresas locales tienen la capacidad de invertir estas cantidades ingentes de dinero en obra pública. Bienvenida sea la inversión, pero esperemos busque apoyarse en empresas locales que gracias a estas palancas puedan servirles para crecer.

Artículo publicado en la Revista La Nación, Órgano oficial del PAN (Partido Acción Nacional).

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