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Artículo publicado en Floridablanca.

Los valores y principios de las generaciones que tuvieron que rehacerse tras la Guerra Civil han evolucionado con motivo de una sociedad centrada en las nuevas tecnologías y la necesidad de inmediatez que generan. Valores como el sacrificio, la entrega, el estudio y la excelencia, han sido suplidos por el cortoplacismo, la inmediatez y la ley del mínimo esfuerzo. Se podría decir que poco a poco, nos hemos ido recubriendo de un egoísmo que se justifica en necesidades creadas en base a un bienestar inmediato.

A nadie se le escapa que una familia numerosa supone para los padres una muestra de generosidad importante que choca frontalmente con los intereses del patrón que se nos impone como el prototipo de progenitor moderno, más orientado al prestigio profesional, al bienestar personal y a la llamada sensación de comodidad. Resulta paradójico que el avance industrial fruto de unos medios formativos a nuestro alcance mayores que los de nuestros ancestros, se hayan acabado traduciendo en un empobrecimiento sociocultural que ha degenerado en hombres light que únicamente buscan el máximo número de comodidades, sin tener en cuenta que las comodidades del futuro están en peligro. España se ha instalado desde hace años en un invierno demográfico del que únicamente se recuperó temporalmente con motivo de la inmigración, la reducción del número de cotizantes a la Seguridad Social supone un grave riesgo para nuestra sociedad del bienestar. Nuestra tasa de reemplazo generacional se encuentra en el 1,3%, cuando se necesita del 2,1% para garantizar el remplazo futuro.

Las medidas de apoyo a la natalidad son necesarias para apoyar a las madres en los primeros meses de su maternidad, especialmente en las situaciones en las que la falta de recursos imposibilita un cuidado digno. Pero no nos engañemos, las medidas institucionales no paliarán nunca el problema del invierno demográfico, porque la raíz del mismo es cultural, haría falta una transformación en la mentalidad de la sociedad occidental, cediendo el centro de gravedad del yo al otro.

Las familias numerosas suponen un mayor esfuerzo para los padres, tanto económico como emocional. Nuestros abuelos y bisabuelos entendieron que ese esfuerzo también generaba una serie de ventajas tangibles, pero principalmente intangibles que repercutían positivamente en los miembros de la familia.

La familia numerosa es una escuela de generosidad donde los hijos aprenden a compartir desde que nacen, probablemente los recursos de los que dispondrán serán limitados y eso hará que tengan que ceder en sus intereses en pro de sus hermanos; es una escuela de responsabilidad, donde los hijos aprenden por necesidad a asumir sus tareas en aras de la convivencia y el orden familiar; aprenden a trabajar en equipo, porque cada miembro tendrá asignada unas tareas que repercutirán positivamente en el bien común; y finalmente desarrollan fuertes vínculos emocionales, al igual que ocurre con los hermanos gemelos, los hermanos de familias numerosas constituyen una piña ante los acontecimientos negativos como los positivos.

Si la familia es la célula básica de la sociedad, y tiene como vocación ser la escuela formadora sus los miembros, con más razón debemos apoyar y reconocer la labor de las familias numerosas por su aportación generosa al conjunto de la sociedad, y debemos reconocer especialmente a los padres por su ejemplo de entrega.

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